Romanos 5:1-2; De la Tribulación a la Esperanza. Formados en Medio del Sufrimiento.
En este mensaje, el predicador Nahúm Sosa nos recuerda que la tribulación no tiene la última palabra en la vida del creyente. En Cristo, Dios puede utilizar el sufrimiento para formar en nosotros perseverancia, carácter probado y una esperanza que no desilusiona. Aunque no siempre entendamos lo que Dios está haciendo, podemos descansar en Su gracia, confiar en Su fidelidad y recordar que nuestra esperanza está segura en Cristo.
Puntos Principales
- 1En la tribulación, debo recordar __________ y __________.
- 2En la tribulación, debo __________ lo que Dios está __________ en mí.
- 3En la tribulación, debo __________ en una __________ que no __________.
Ilustración: Joni Eareckson
En el verano de 1967, una joven de diecisiete años llamada Joni Eareckson fue a disfrutar de un día de playa junto a su hermana, en la bahía de Chesapeake.
Era un día como cualquier otro. Joni corrió hacia el agua y se lanzó de cabeza. Ya lo había hecho otras veces. Pero aquel día calculó mal la profundidad. Su cabeza golpeó violentamente el fondo. En cuestión de segundos, todo cambió.
Cuando despertó en el hospital, intentó mover los brazos. No pudo. Intentó mover las piernas. Tampoco pudo. Entonces llegaron las palabras que ninguna joven de diecisiete años está preparada para escuchar: los médicos le dijeron que probablemente nunca volvería a caminar ni a utilizar sus manos.
Joni sufrió una fractura cervical y quedó paralizada desde los hombros hacia abajo. La joven que había entrado al agua por sus propias fuerzas ahora necesitaba ayuda para hacer las cosas más sencillas. Necesitaba ayuda para comer. Para vestirse. Para moverse. Para realizar aquello que antes hacía sin siquiera pensarlo.
Joni había crecido en un hogar cristiano y conocía el evangelio. Pero ella misma reconocería más adelante que su fe era inmadura. Aquella tragedia sacudió profundamente todo lo que creía saber acerca de Dios.
Los días se convirtieron en meses. Los meses, en años. Y junto con el dolor físico llegaron la frustración, la depresión y preguntas que muchos creyentes también nos hemos hecho: “Señor, ¿por qué permitiste esto?”. “¿Dónde estás?”. “¿Qué propósito puede haber en algo tan doloroso?”.
En su libro ella relata que hubo momentos en los que no quería continuar viviendo. La depresión llegó a ser tan profunda que pensó en quitarse la vida. Pero ni siquiera podía mover su cuerpo para hacerlo.
Estaba atrapada. Atrapada en una cama. Atrapada dentro de un cuerpo que ya no respondía. Y atrapada en preguntas para las cuales no encontraba respuestas.
Sin embargo, Dios colocó a su lado amigos cristianos que la visitaban, abrían la Biblia con ella y le ayudaban a comprender que su sufrimiento no estaba fuera del alcance de la soberanía de Dios.
En su libro también ella escribe: “Poco a poco, comencé a entender una verdad difícil: Dios puede permitir aquello que Él aborrece para realizar algo que Él ama.”
Dios no amaba su parálisis. No se complacía en su dolor. Pero podía utilizar incluso aquella tragedia para formar a Cristo en ella y producir una esperanza que sus circunstancias no pudieran destruir.
Después de entender esto, Joni comenzó a pedirle a Dios algo diferente. Ya no solamente que cambiara su cuerpo. “Le pidió que si no podía morir, entonces le mostrara cómo vivir y para qué vivir en medio de aquella condición.”
Y la respuesta no llegó en forma de una sanidad física inmediata. Joni no oró una noche y despertó caminando a la mañana siguiente. Han pasado más de cinco décadas y todavía vive en una silla de ruedas.
Mas adelante por si esto fuera poco, fue diagnosticada con cáncer de mama y tuvo que pasar por esa prueba y sufrimiento.
Pero mientras pasaba por todo esto, y su cuerpo permanecía limitado, Dios comenzó a realizar una obra profunda dentro de ella. Le enseñó a depender de Cristo. A perseverar cuando sentía que ya no tenía fuerzas. A encontrar una esperanza que no dependía de recuperar la movilidad de su cuerpo.
Con el tiempo, aprendió a dibujar y pintar sosteniendo los instrumentos con su boca. Comenzó a escribir acerca de su experiencia. Su autobiografía fue publicada, alcanzó a millones de personas y posteriormente fue llevada al cine.
Pero aquí esta lo hermoso, aquello no terminó en un libro o en una película. Joni descubrió que había miles de personas con discapacidades encerradas en habitaciones, luchando con la soledad, la depresión y la falta de esperanza.
Entonces comenzó a hablarles de Cristo. Comenzó a enseñar la Biblia. Y desarrolló un ministerio que, con el paso de los años, por más de cinco décadas ha servido a personas con discapacidad y a sus familias alrededor del mundo.
Dios no quitó la tribulación. Pero en medio de ella produjo perseverancia. Formó carácter. Y fortaleció una esperanza que no dependía de que las circunstancias cambiaran.
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Yo creo que esta historia de Joni nos lleva a una de las preguntas más difíciles de la vida cristiana:
¿Qué hacemos cuando Dios no cambia inmediatamente aquello que nos duele?
¿Cómo respondemos cuando oramos, esperamos, confiamos y la prueba continúa?
Porque hay momentos en los que queremos que Dios transforme rápidamente nuestras circunstancias, pero Dios está realizando primero una obra profunda dentro de nosotros.
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Introducción:
Durante estas semanas, por medio de la serie que está compartiendo el pastor José, hemos contemplado la providencia de Dios en la vida de José.
Hemos visto que Dios continuaba obrando aun en medio del rechazo, la traición y la injusticia.
Romanos 5 nos permite mirar otra dimensión de esa misma verdad:
Dios no solamente gobierna lo que sucede alrededor de nosotros. También obra dentro de nosotros mientras atravesamos la prueba.
Este pasaje, en el cual reflexionaremos el día de hoy, no nos promete una vida sin dolor ni tribulación.
Nos enseña cómo atravesarlas.
Muchas veces nuestras oraciones suenan así:
“Señor, cambia esto”.
“Señor, sácame de aquí”.
“Señor, termina esta prueba”.
Y no está mal orar de esa manera.
Pero también debemos aprender a preguntarnos:
“Señor, ¿qué estás formando en mí mientras atravieso esto?”.
Porque a veces Dios en su soberanía cambia la circunstancia.
Pero la mayoría de la veces comienza cambiándonos a nosotros dentro de ella.
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Contexto:
La carta a los Romanos fue escrita por el apóstol Pablo muchos años después de su conversión.
Para entonces, Pablo era un creyente maduro, un misionero experimentado y un hombre que conocía personalmente el sufrimiento.
Había sido golpeado, perseguido, rechazado y encarcelado.
Por eso, cuando habla de la tribulación, no desarrolla una teoría desde la comodidad.
Habla de una verdad que había tenido que vivir.
Además, escribía a creyentes que tampoco tenían una vida fácil.
Seguir a Cristo podía traer rechazo, presión y sufrimiento.
Pero antes de hablar de las pruebas, Pablo hace algo que no podemos pasar por alto:
Nos recuerda lo que Cristo hizo.
Porque la vida cristiana no comienza con nuestra tribulación.
Comienza con la obra de Jesucristo en la cruz.
En los primeros capítulos de Romanos, Pablo demuestra que toda la humanidad es culpable delante de Dios.
Romanos 3:23 dice: “Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios”.
Nadie puede presentarse delante de Dios diciendo:
“Yo merezco ser aceptado”.
“He sido suficientemente bueno”.
“No necesito perdón”.
Pablo cierra toda puerta a la autosuficiencia humana.
Pero después abre la puerta de la gracia.
En Romanos 3 enseña que Dios ofrece Su justicia por medio de la fe en Jesucristo.
En el capítulo 4 presenta a Abraham como ejemplo de alguien declarado justo, no por sus obras, sino por la fe.
Y ese capítulo termina diciendo acerca de Jesús:
Romanos 4:25 “Que fue entregado por causa de nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación”.
Entonces llegamos al capítulo 5, y Pablo comienza diciendo:
“Por tanto…”.
Esa expresión conecta lo que está por decir con la obra de Cristo. Ósea lo que logramos lo que obtenemos por la obra de Cristo
Es como si Pablo dijera:
“En vista de que Cristo fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, estas son ahora las consecuencias, esto es lo que tenemos, a esto ahora accedemos”.
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Pablo no comienza con lo que nosotros debemos hacer. Comienza con lo que Cristo ya hizo.
Nuestra seguridad no descansa en nuestra capacidad para soportar la prueba. Descansa en la obra completa de Jesucristo.
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Por eso el día de hoy me gustaría que reflexionemos bajo el título:
De la Tribulación a la Esperanza.
Formados en Medio del Sufrimiento.
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Este pasaje nos muestra que Dios no solamente nos sostiene mientras sufrimos. También utiliza la tribulación para formar algo en nosotros.
Me gustaría compartirle la idea principal del mensaje:
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Idea principal
En Cristo, Dios utiliza la tribulación para formar en mí perseverancia, carácter probado y una esperanza que no desilusiona
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Quiero que recordemos bien esas primeras palabras:
En Cristo.
La tribulación, por sí sola, no transforma a nadie. También puede producir amargura y endurecer el corazón.
Pero en Cristo, Dios puede utilizar incluso el sufrimiento para formar perseverancia, carácter probado y esperanza.
Y si usted todavía no está en Cristo, esta paz, esta gracia y esta esperanza también pueden ser suyas por medio de la fe en Jesucristo.
Vayamos a nuestro primer punto.
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I. En la tribulación, debo recordar (quién soy) y (dónde estoy)
Pablo dice en los versículos 1 y 2:
Romanos 5:1 NBLA
“Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo,”
Antes de hablar de la tribulación, Pablo comienza recordándonos nuestra posición delante de Dios.
Y eso es importante, porque cuando llega la prueba podemos comenzar a olvidar quiénes somos.
Cuando la dificultad toca nuestra puerta podemos pensar:
“Tal vez Dios se olvidó de mí”.
“Quizás ya no me escucha”.
“Puede ser que esté enojado conmigo”.
“Si Dios verdaderamente me amara, no estaría pasando por esto”.
Comenzamos a interpretar nuestra relación con Dios por medio de circunstancias que cambian.
Pero Pablo quiere que descansemos en algo que ya ocurrió y que ninguna circunstancia puede alterar.
Por eso dice: “Habiendo sido justificados por la fe”.
La palabra “justificados” viene del lenguaje de un tribunal.
Una persona comparece delante de un juez y espera un veredicto:
Culpable o inocente. Condenado o absuelto.
Y cuando nosotros comparecemos delante de la santidad de Dios, el veredicto que merecemos es culpable.
Hemos pecado contra Él, quebrantado Su Palabra y vivido como si nunca tuviéramos que rendirle cuentas.
Por eso nadie puede presentarse delante de Dios diciendo:
“Yo merezco ser aceptado”.
“He hecho suficientes cosas buenas”.
“No soy tan malo como otros”.
El estándar no son las demás personas. El estándar es la santidad perfecta de Dios.
Y delante de esa santidad, todos somos culpables.
Pero aquí aparece la buena noticia del evangelio.
Pablo dice que hemos sido justificados por la fe.
Justificar no significa que Dios fingió que nunca pecamos ni que decidió ignorar nuestra culpa.
Nuestro pecado fue juzgado.
Nuestra culpa fue colocada sobre Jesucristo, y Él recibió en la cruz el castigo que nosotros merecíamos.
Cuando una persona se arrepiente de sus pecados y deposita toda su confianza en Cristo, Dios la declara justa.
No porque haya vivido perfectamente.
No porque haya pagado su deuda.
Sino porque Cristo vivió la vida que nosotros no pudimos vivir y pagó la deuda que nosotros no podíamos pagar.
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Observe cómo lo dice Pablo: “Habiendo sido justificados”.
No dice: “Tratando de ser justificados”.
Tampoco dice: “Esperando saber algún día si Dios nos aceptará”.
Dice: “Habiendo sido justificados”.
Es una acción realizada. El veredicto ya fue pronunciado. La deuda ya fue pagada. Nuestra posición delante de Dios cambió.
Sin embargo, algunos creyentes todavía viven como si estuvieran esperando el resultado del juicio. Continúan preguntándose:
“¿Será que Dios todavía me acepta?”.
“¿Habré hecho hoy lo suficiente para que Dios me ame?”.
“¿Será esta prueba una señal de que Dios ya no me quiere?”.
Pablo responde recordándonos quiénes somos en Cristo. Nos recuerda nuestra posición delante de Dios
Hemos sido justificados. Hemos sido reconciliados con Dios. Y ahora vivimos bajo el señorío de Jesucristo.
El creyente puede ser tentado y atacado, pero ya no pertenece al reino de las tinieblas. El Espíritu Santo mora en él y su vida le pertenece al Señor.
Hermano, hermana, si usted está en Cristo, su posición delante de Dios no cambia cada vez que cambian sus circunstancias.
Usted no es aceptado hoy y rechazado mañana.
Su identidad más profunda no está determinada por la enfermedad que enfrenta, por su pasado, por un fracaso ni por aquello que perdió.
Su identidad se encuentra en lo que Dios ha declarado acerca de usted por medio de Jesucristo.
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Pablo continúa diciendo: “Tenemos paz para con Dios”.
Aquí necesitamos distinguir entre dos verdades.
Pablo no está hablando de la paz de Dios que presenta en Filipenses 4:7, esa paz que sobrepasa todo entendimiento y guarda nuestro corazón en medio de la ansiedad.
Esa paz es una experiencia interna.
Hay días en los que la experimentamos profundamente y otros en los que nuestro corazón está inquieto.
Pero Romanos 5 está hablando de paz con Dios.
No se refiere primero a una emoción, sino a una relación.
Puede que alrededor de usted no haya paz.
Puede que tampoco sienta paz en su corazón.
Pero si está en Cristo, tiene paz con Dios.
Eso significa que la hostilidad terminó.
El pecado que antes nos separaba de Dios ya no permanece como una barrera de condenación entre Él y nosotros.
Esto fue posible únicamente porque Jesucristo pagó el precio de nuestros pecados mediante Su muerte en la cruz.
Dios no ignoró nuestra culpa. Cristo cargó con ella.
Por eso Dios ya no nos trata como enemigos, sino como personas reconciliadas con Él.
Pero Dios no solamente cambió nuestro veredicto.
También nos acercó a Él.
Jesús dijo en Juan 15:15: “Ya no los llamo siervos… los he llamado amigos”.
Y Gálatas 4:5 enseña que Cristo vino para que recibiéramos la adopción como hijos.
Ósea de enemigos, fuimos hechos amigos. Y aún más: fuimos recibidos como hijos de Dios.
Nuestra paz con Dios no depende de cómo nos sentimos esta mañana. Depende de lo que Cristo hizo en la cruz.
La guerra terminó. La deuda fue pagada. La condenación fue quitada. Y ahora tenemos acceso al Padre.
Todo esto, dice Pablo, es: “Por medio de nuestro Señor Jesucristo”.
No tenemos paz con Dios porque logramos convertirnos en buenas personas.
No la tenemos porque pertenecemos a una iglesia, damos ofrendas o servimos en un ministerio.
Tenemos paz con Dios por medio de Jesucristo. Él hizo posible la reconciliación.
Por eso, cuando llega la tribulación, no debemos concluir inmediatamente que Dios ha dejado de amarnos o que talvez no le importamos.
Tenemos que mirar la cruz. En la cruz El ya respondió esa pregunta.
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El versículo 2 continúa diciendo:
Romanos 5:2 NBLA
“Por medio de quien también hemos obtenido entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”.
La palabra “entrada” comunica la idea de haber sido introducidos a la presencia de alguien importante.
No entramos por nuestra propia cuenta.
Cristo nos abrió el camino y nos introdujo delante del Padre.
Y no fue para una visita rápida.
Pablo dice que estamos firmes en esta gracia.
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Aquí vale la pena hacer una aclaración breve.
A veces se enseña que un creyente puede “caer de la gracia”, como si eso significara que puede perder su salvación de un momento a otro.
En Gálatas 5:4, que es el texto en el cual se apoyan algunos pastores para enseñar esto. Pablo está confrontando a quienes pretendían abandonar la confianza exclusiva en Cristo para buscar ser justificados por medio de la ley.
En ese contexto, caer de la gracia significa apartarse del principio de la gracia para intentar obtener por las obras aquello que solamente puede recibirse por la fe.
Pero Romanos 5 afirma que hemos obtenido entrada a esta gracia y estamos firmes en ella.
No entramos por gracia para después sostenernos mediante nuestras propias obras.
La gracia no fue solamente la puerta por la cual comenzamos la vida cristiana.
Es el lugar donde ahora vivimos.
Fuimos salvados por gracia. Somos sostenidos y transformados por gracia. Y llegaremos a la gloria por gracia.
Nuestra seguridad no descansa en la estabilidad de nuestras emociones ni en un desempeño perfecto.
Descansa en la obra suficiente de Jesucristo.
Ahora bien, estar firmes en la gracia no significa que podemos vivir como queramos.
La gracia no nos da permiso para amar el pecado ni para permanecer cómodamente en él.
Todo lo contrario.
La gracia que nos salva también nos enseña a obedecer, a apartarnos del pecado y a vivir para agradar a Dios.
No obedecemos para ganar Su amor, obedecemos porque ya hemos sido amados en Cristo.
Y desde esta posición, Pablo añade: “Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”.
Gloriarse aquí significa alegrarnos con confianza y mirar hacia el futuro con seguridad.
Nuestra esperanza no consiste en creer que todo saldrá exactamente como queremos.
Esperamos algo mucho más grande:
La gloria de Dios.
El día en que veremos a Cristo. El día en que el pecado ya no tendrá poder sobre nosotros. El día en que no habrá enfermedad, muerte, lágrimas ni separación.
Mire el orden que presenta Pablo:
- Hemos sido justificados.
- Tenemos paz con Dios.
- Estamos firmes en la gracia.
- Y esperamos la gloria de Dios.
En el pasado, fuimos justificados, en el presente, estamos firmes en la gracia y en el futuro, nos espera la gloria.
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Ahora piense por unos segundos en aquello que hoy lo está atribulando. (le doy unos segundos para pensarlo)
Esa tribulación puede ser dolorosa, pero no puede cambiar lo que Cristo ya hizo.
No puede sacarlo de la gracia en la que está firme ni cancelar la gloria hacia la cual Dios lo está llevando.
Por eso, cuando llegue la tribulación, o si ya está atravesándola, no se pregunte solamente: “¿Por qué me está pasando esto?”.
Recuerde primero quién es.
Ha sido justificado. Recuerde dónde está.
Está firme en la gracia. Recuerde con quién está en paz.
Tiene paz con Dios por medio de Jesucristo.
Y recuerde hacia dónde va. Va hacia la gloria de Dios.
Tal vez sus circunstancias sean inestables, pero su posición en Cristo no lo es.
Puede que no haya paz en su hogar, en su cuerpo o en sus emociones.
Pero en Cristo usted tiene paz con Dios.
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Quiero terminar este primer punto con una pregunta:
¿Estoy midiendo el amor de Dios por mis circunstancias cambiantes o por la obra terminada de Jesucristo?
Mientras midamos a Dios por lo que nos sucede, nuestra fe subirá y bajará con cada noticia.
Pero cuando miramos la cruz encontramos un fundamento que no se mueve.
Cristo murió. Cristo resucitó. Hemos sido justificados por la fe. Tenemos paz con Dios. Y estamos firmes en Su gracia.
Por eso: En la tribulación, debo recordar quién soy y dónde Estoy.
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II. En la tribulación, debo (reconocer) lo que Dios está (formando) en mí
Romanos 5:3–4 dice:
“Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza”.
Pablo acaba de hablar de la esperanza de la gloria de Dios. Habla de nuestro futuro garantizado por nuestra nueva posición delante Dios obtenida por el sacrificio de Cristo.
Pero ahora vuelve la mirada hacia el presente y dice:
“Y no solo esto…”.
Es decir, no solamente nos alegramos por la gloria que viene. También podemos confiar en Dios en medio de las tribulaciones que enfrentamos ahora en nuestro presente.
Aquí debemos leer con cuidado. Pablo no dice que el dolor sea agradable.
No nos llama a disfrutar la enfermedad, a celebrar la injusticia ni a fingir que todo está bien.
El sufrimiento duele. La pérdida duele. La traición duele.
Hay pruebas que nos dejan sin palabras y momentos en los que solamente podemos decir: “Señor, ayúdame”.
Pablo no niega esa realidad.
Sin embargo, dice que podemos gloriarnos en las tribulaciones.
No solamente después de que terminen, no solamente cuando entendamos lo ocurrido. Sino en medio de ellas.
¿Y cómo es posible?
La respuesta está en una palabra: “Sabiendo”.
El creyente no conoce todos los detalles de lo que Dios está haciendo.
Pero sabe que Dios no ha perdido el control, que no lo ha abandonado y que la prueba no es inútil en Sus manos.
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Luego Pablo dice: “La tribulación produce paciencia”.
La palabra “tribulación” comunica la idea de presión.
No se refiere simplemente a una pequeña molestia, sino a situaciones que aprietan la vida:
Un problema familiar.
Una presión económica.
Una enfermedad prolongada.
Una pérdida que todavía duele.
Una oración cuya respuesta no llega.
Eso es tribulación. Es algo que nos presiona.
Pero Pablo dice que, bajo esa presión, se produce paciencia.
La palabra traducida como “paciencia” comunica aquí la idea de perseverancia o constancia.
No significa quedarse de brazos cruzados ni resignarse pasivamente, significa permanecer bajo presión sin abandonar la fe.
Es seguir confiando cuando la respuesta todavía no llega.
Es continuar obedeciendo cuando sería más fácil rendirse.
Es seguir caminando con Dios cuando todo dentro de nosotros quiere detenerse.
La perseverancia no se aprende en la comodidad, se aprende cuando tenemos algo que soportar.
Muchas veces le pedimos al Señor:
“Dame una fe más firme”.
“Hazme más maduro”.
“Enséñame a confiar”.
Y esto está bien pedirlo, pero queremos el crecimiento sin el proceso.
Queremos la madurez sin la presión.
Sin embargo, Pablo dice que la tribulación produce perseverancia.
Ahora bien, esto no ocurre automáticamente.
La tribulación, por sí sola, no transforma a nadie.
Una persona puede sufrir y volverse más amarga. Puede endurecer su corazón y llenarse de resentimiento contra Dios y contra los demás.
La diferencia no está solamente en atravesar una prueba, sino en cómo respondemos a ella y en la obra que Dios realiza cuando dependemos de Su gracia.
Cuando la prueba nos lleva a buscar más al Señor, la perseverancia comienza a crecer.
Cuando nos obliga a orar con mayor sinceridad, algo está siendo formado.
Cuando nos muestra que nuestras fuerzas no son suficientes, aprendemos a depender de Dios.
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Pablo continúa diciendo: “Y la paciencia, carácter probado”.
El carácter probado es el carácter de una persona que atravesó la prueba y permaneció.
No significa que nunca lloró. No significa que nunca sintió miedo. No significa que nunca hizo preguntas.
Significa que, en medio de todo eso, siguió confiando en Dios.
La prueba revela cosas que durante los tiempos de comodidad permanecen escondidas.
Es fácil decir: “Dios es fiel”, cuando todo está saliendo bien.
Es fácil hablar de confianza cuando sentimos que tenemos el control.
Pero cuando llega la prueba, nuestra teología sale del papel y entra en la vida.
Allí descubrimos si aquello que confesamos con nuestra boca también sostiene nuestro corazón.
También es importante decir: que Dios no necesita probarnos para descubrir quiénes somos. Él ya nos conoce completamente.
La prueba muchas veces nos revela a nosotros lo que estaba escondido.
Nos muestra dónde habíamos puesto nuestra confianza.
Nos revela temores que no habíamos reconocido.
Nos muestra cuánto necesitamos crecer.
Y aquello que la prueba revela, Dios comienza también a transformarlo.
La perseverancia produce carácter probado. y el carácter probado produce esperanza.
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¿Por qué la prueba puede fortalecer nuestra esperanza?
Porque después de atravesar momentos difíciles, el creyente puede mirar hacia atrás y decir:
“Pensé que no podría soportarlo, pero Dios me sostuvo”.
“Sentí que no tenía fuerzas, pero Su gracia fue suficiente”.
“No comprendía lo que estaba ocurriendo, pero el Señor no me abandonó”.
La prueba no hace que Dios sea fiel. Dios siempre ha sido fiel.
Pero la prueba nos permite reconocer Su fidelidad con mayor claridad.
Tal vez todavía estamos esperando. Pero seguimos creyendo. Seguimos orando. Seguimos dependiendo de Él. Y eso también es evidencia de Su gracia.
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Ahora; así como la tribulación puede fortalecer nuestra esperanza, de igual manera la tribulación también puede derribar falsas esperanzas.
Pensábamos que nuestra seguridad estaba en el dinero, hasta que el dinero no pudo resolver el problema.
Pensábamos que estaba en la salud, hasta que llegó un diagnóstico.
Pensábamos que estaba en una persona, hasta que esa persona nos falló.
Pensábamos que teníamos el control, hasta que descubrimos que nunca lo tuvimos.
La tribulación nos muestra que muchas de las cosas en las que confiábamos no podían sostenernos. Y nos dirige nuevamente hacia Jesucristo.
Esto no quiere decir que solo para fortalecer la esperanza vamos a buscar el sufrimiento. Vivimos en un mundo caído y tarde o temprano llegará.
Pero cuando llegue, no debemos desperdiciarlo espiritualmente.
Además de preguntar: “Señor, ¿cuándo terminará esto?”,
también debemos aprender a preguntar:
“Señor, ¿qué estás formando en mí mientras atravieso esto?”.
Tal vez está formando perseverancia.
Tal vez está quebrando nuestro orgullo.
Tal vez está profundizando nuestra vida de oración.
Tal vez está quitando una falsa seguridad.
Tal vez está formando en nosotros compasión para acompañar a otros.
No siempre podremos identificar todo lo que Dios está haciendo.
Habrá cosas que quizás no comprenderemos completamente en esta vida.
Pero como nos muestra el pasaje “sabiendo” hay algo que si sabemos:
Dios no abandona a Sus hijos dentro de la tribulación.
Él está obrando.
La prueba aprieta, pero Dios forma.
La prueba revela nuestra debilidad, pero nos enseña a depender de Su fuerza.
Por eso las preguntas de un auto análisis son importantes:
¿Esta prueba me está acercando más a Cristo o estoy permitiendo que produzca amargura en mí?
¿Estoy aprendiendo a perseverar o dejando que la desesperación gobierne mi corazón?
¿Estoy atravesando esto con mis propias fuerzas o descansando en la gracia de Dios?
La secuencia que pablo nos presenta es bastante clara:
- Tribulación.
- Perseverancia.
- Carácter probado.
- Esperanza.
No podemos saltarnos el proceso. Pero tampoco lo atravesamos solos.
Por eso, en la tribulación, debo reconocer lo que Dios está formando en mí.
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Recordemos la idea principal:
Idea principal
En Cristo, Dios utiliza la tribulación para formar en mí perseverancia, carácter probado y una esperanza que no desilusiona
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III. En la tribulación, debo (descansar) en una (esperanza) que no (desilusiona)
Romanos 5:5 NBLA
“Y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado”.
Pablo ha explicado que la tribulación produce perseverancia, la perseverancia forma carácter probado y el carácter probado fortalece la esperanza.
Pero ahora surge una pregunta necesaria:
¿Y si después de esperar tanto terminamos decepcionados?
¿Y si nuestra esperanza falla?
Pablo responde con claridad: “La esperanza no desilusiona”.
La esperanza cristiana no es un deseo incierto.
No es decir:
“Espero que todo salga bien”.
“Espero que la situación cambie”.
“Espero que Dios haga exactamente lo que le estoy pidiendo”.
La esperanza bíblica es una confianza segura en lo que Dios ha prometido.
Nosotros no sabemos cómo terminará cada problema.
No sabemos si la enfermedad desaparecerá.
No sabemos si la puerta que esperamos se abrirá.
No sabemos si recuperaremos aquello que perdimos.
Pero sí sabemos cómo termina la historia de quienes están en Cristo.
Termina en la presencia de Dios. Termina en gloria.
Termina con Cristo completando la obra que comenzó en nosotros.
Por eso nuestra esperanza no depende de que las circunstancias terminen como deseamos.
Depende de la fidelidad de Dios.
Y Pablo explica por qué esa esperanza no nos dejará avergonzados o desilusionados:
“Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado”.
Cuando llega la tribulación, una de las preguntas más dolorosas que puede entrar en nuestro corazón es esta:
“¿Todavía Dios me ama?”. “¿será que se olvidó de mí?”.
Tal vez no la decimos en voz alta, pero la pensamos cuando la respuesta no llega, cuando el dolor se prolonga o cuando vemos a otros recibir aquello por lo que nosotros llevamos tiempo orando.
Entonces comenzamos a medir el amor de Dios por nuestras circunstancias.
Pensamos:
“Si Dios me ama, esto debería cambiar”.
“Si Dios me ama, no debería estar pasando por esto”.
“Si Dios me ama, ya habría respondido”.
Pero Pablo no nos dirige hacia lo que ocurre alrededor de nosotros.
Nos dirige hacia lo que Dios ha hecho en nosotros.
Dice que Su amor ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo.
La palabra “derramado” habla de abundancia.
No habla de unas pocas gotas ni de un amor limitado.
Habla del amor que Dios hace real en la vida del creyente por medio de Su Espíritu.
El Espíritu Santo nos fue dado. No lo compramos. No lo ganamos. No lo recibimos como recompensa por nuestro desempeño. Fue un regalo de Dios.
Y Su presencia confirma que pertenecemos al Señor.
El creyente no atraviesa la tribulación solo.
Puede sentirse solo.
Puede llorar sin que nadie lo vea.
Puede llegar al punto de no saber qué decir.
Pero el Espíritu Santo mora en él.
Dios no observa nuestro sufrimiento desde lejos.
Está presente con nosotros mientras lo atravesamos.
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Ahora bien, nuestra seguridad no descansa solamente en lo que sentimos.
Hay días en los que percibimos profundamente el amor de Dios. Y hay otros en los que nuestras emociones están tan golpeadas que apenas sentimos algo.
Por eso nuestra esperanza necesita un fundamento más firme que nuestras emociones.
Los versículos siguientes nos llevan a la demostración más grande del amor de Dios.
Romanos 5:8 dice: “Pero Dios demuestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.
Ahí está la evidencia.
Cuando la tribulación le haga preguntarse si Dios lo ama, mire la cruz.
No mida Su amor por aquello que perdió.
No lo mida por lo que todavía no ha recibido.
No lo mida por la rapidez con la que llega una respuesta.
Mire a Cristo crucificado.
La cruz nos dice que Dios no solamente habló de amor. Lo demostró.
Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.
Si Dios nos amó cuando éramos Sus enemigos, no dejará de amar a quienes ahora han sido reconciliados por medio de Su Hijo.
La tribulación puede hacernos sentir olvidados. La cruz nos recuerda que no lo estamos.
El dolor puede confundir nuestras emociones. Pero la obra de Cristo permanece.
Por eso nuestra esperanza no falla.
No porque nosotros seamos fuertes. No porque nunca tengamos dudas. No porque siempre reaccionemos correctamente.
Nuestra esperanza no falla porque está sostenida por el amor de Dios.
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Tal vez usted está cansado de esperar. Ha orado. Ha llorado. Ha tratado de mantenerse firme. Y todavía no ve una salida.
Yo no puedo prometerle ni el texto nos dice que la situación cambiará esta semana.
Tampoco puedo asegurarle que todo terminará exactamente como usted desea.
El texto no promete eso.
Pero sí afirma que, si usted está en Cristo, su esperanza no terminará en vergüenza, no habrá desilusión al final.
Por eso, no descanse en sus emociones, porque cambian.
No descanse en las personas, porque pueden fallar.
No descanse en sus recursos, porque pueden acabarse.
No descanse en sus propias fuerzas, porque no siempre serán suficientes.
Descanse en el amor de Dios demostrado en la cruz.
Descanse en la presencia del Espíritu Santo.
Descanse en la promesa de la gloria que viene.
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Tal vez hoy usted no puede explicar lo que Dios está haciendo.
Pero puede confiar en quién es Dios.
Tal vez no entiende el proceso. Pero conoce a Aquel que lo sostiene dentro del proceso.
Tal vez todavía no ve el final. Pero su historia no termina en la tribulación, termina en la esperanza.
Por eso, en la tribulación, debo descansar en una esperanza que no falla.
No falla porque Dios no falla.
No falla porque Cristo murió y resucitó.
No falla porque el Espíritu Santo nos fue dado.
Y no falla porque el amor de Dios ya fue demostrado en la cruz.
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Y antes de concluir, recordemos la idea principal de este mensaje:
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Idea principal
En Cristo, Dios utiliza la tribulación para formar en mí perseverancia, carácter probado y una esperanza que no fallará
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- Conclusión
Ahora sí, volvamos a la historia con la que comenzamos.
Joni Eareckson Tada entró al agua caminando y salió de allí sin poder mover sus brazos ni sus piernas.
Tenía diecisiete años. Oró, lloró, hizo preguntas y su cuerpo nunca volvió a ser el mismo.
Pero mientras la tribulación permanecía, Dios comenzó a formar algo dentro de ella: Perseverancia. Carácter probado. Esperanza.
Dios no respondió devolviéndole inmediatamente aquello que había perdido.
La sostuvo dentro del dolor y utilizó una vida que parecía haber quedado limitada para llevar esperanza a miles de personas.
Tal vez usted no está sentado en una silla de ruedas. Pero también sabe lo que significa sentir que, en cuestión de segundos, todo cambió.
Quizás es una enfermedad.
Una pérdida.
Un problema familiar.
Una traición.
O una oración que todavía no ha sido respondida.
Romanos 5 no responde cada una de nuestras preguntas. No nos promete que mañana todo cambiará. Tampoco nos asegura que recuperaremos en esta vida todo lo que perdimos.
Pero nos da algo más firme que una explicación. Nos lleva a Cristo.
Si estamos en Él, hemos sido justificados. Tenemos paz con Dios. Estamos firmes en Su gracia, y vamos camino a Su gloria.
Por eso, en la tribulación, debo recordar quién soy y dónde estoy.
Debo reconocer lo que Dios está formando en mí.
Y debo descansar en una esperanza que no falla, que no desilusiona.
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Piense ahora en el oro.
El oro no entra al fuego porque el artesano quiera destruirlo. Entra porque hay impurezas que deben salir y una belleza que todavía no puede verse con claridad.
El fuego no crea el oro. El oro ya está allí. Pero el fuego revela su calidad y elimina lo que no pertenece.
Y se dice que el artesano sabe que el proceso ha terminado cuando puede ver su propio reflejo sobre la superficie del metal.
Muchas veces le pedimos a Dios que apague el fuego inmediatamente.
Y es correcto pedir alivio.
Es correcto llorar. Es correcto decir: “Señor, esto me duele”.
Pero mientras pedimos que cambie la situación, también debemos orar:
“Señor, no permitas que atraviese esta prueba sin ser transformado”.
“Quita de mí lo que no te agrada”.
“Forma perseverancia en mi vida”.
“Haz que mi esperanza descanse más profundamente en Cristo”.
Tal vez hoy usted siente que está dentro del fuego.
No entiende el proceso, no ve el resultado y no sabe cuánto tiempo más podrá soportarlo.
Pero escuche bien:
La tribulación no tiene la última palabra.
La enfermedad no tiene la última palabra.
La pérdida no tiene la última palabra.
El rechazo no tiene la última palabra.
Ni siquiera la muerte tiene la última palabra.
La última palabra le pertenece a Jesucristo.
Y para quienes están en Él, esa palabra no es condenación.
Es gracia. Es paz. Es esperanza. Es gloria.
Quizás hoy usted no puede decir: “Estoy bien”.
Pero puede decir: “Estoy en Cristo”.
Quizás no puede decir: “Entiendo lo que Dios está haciendo”.
Pero puede decir: “Sé en quién he creído”.
Quizás no puede decir: “Mi tribulación terminó”.
Pero puede decir: “Mi esperanza no terminará en desilusión”.
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Ahora bien, esta seguridad pertenece a quienes han sido justificados por la fe.
No se recibe por haber nacido en un hogar cristiano.
No se obtiene por asistir o servir en una iglesia.
Tampoco por tratar de ser una buena persona.
Si usted todavía no está en Cristo, todavía no tiene paz con Dios.
Le invito hoy a que la busque aceptando a Jesús como su salvador personal y hoy mismo puede tenerla.
Es completamente gratis no cuesta nada ya Jesús pago por sus pecados en la Cruz.
Jesucristo llevó en la cruz la culpa de pecadores.
Murió. Resucitó. Y ofrece perdón y reconciliación a todo aquel que se arrepiente y cree en Él.
No tiene que limpiar primero su vida para venir. Tampoco puede pagar su propia deuda. Cristo ya pagó el precio.
Venga a Él con su culpa. Con su pecado. Con su temor. Y también con su tribulación.
Descanse en Su obra.
Entréguese a Cristo.
La misma gracia que sostiene al creyente puede salvarlo a usted.
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Iglesia, no permitamos que el dolor nos convenza de que Dios nos abandonó.
Miremos la cruz. Recordemos nuestra posición, quiénes somos. Reconozcamos lo que Dios está formando. Y descansemos en una esperanza que no falla.
Porque en Cristo, Dios utiliza la tribulación para formar en mí perseverancia, carácter probado y una esperanza que no fallará.
Vamos a orar.